Un cuento de Navidad

En una casa, más o menos humilde, vivía una familia compuesta por el matrimonio y su pequeña hija de apenas 4 añitos. Al acercarse la Navidad, el padre había comprado un rollo de cinco metros de papel metalizado para poder envolver los regalos antes de ponerlos en el modesto arbolito, montado desde principios de Diciembre a la entrada de la casa.

La víspera de Nochebuena, el hombre se dispuso a empaquetar los regalos, más simbólicos que valiosos. Qué desagradable sorpresa fue encontrar, en el estante del ropero, el tubo de cartón donde venía enrollado el papel metalizado, desnudo de los cinco metros del costosísimo papel.

El dinero era bastante escaso en la familia, y, posiblemente por eso, el hombre explotó de furia y mandó a llamar a su familia para ver quién se había atrevido a usar el papel. Y… la pequeña apareció con la cabeza gacha para decirle a su padre que ella lo había usado porque lo necesitaba.

– “¿No te das cuenta que ese papel es muy caro y que tu papá tuvo que trabajar varios días para poder comprarlo? ¿Podrías decirme para qué tontería lo usaste?”

La niña salió corriendo y regresó con un paquete del tamaño de una caja de zapatos, envuelta con varias capas del papel en cuestión, ahora arrugado e inutilizable.

– “¿Cómo se te ocurre envolver esa caja con cinco metros de papel?”

– “Es un regalo de Navidad, papaíto, para el arbolito.”

– “¿Y se puede saber para quién es este regalo tan valioso, como para usar todo el rollo de papel para envolverlo?”

– “¿Y, para quién va a ser? Para ti, papá…”

El hombre se estremeció… y abrazándola le pidió disculpas por los gritos. Con el regalo entre las manos, quiso saber qué era aquello tan preciado, pero, al abrirlo, volvió a explotar en cólera.

– “Cuando das un regalo a alguien se supone que debe haber algo adentro… ¿usaste todo ese papel para envolver una caja vacía?”

A la pequeña se le llenaron los ojos de lágrimas y dijo:

– “Es que la caja no está vacía, papá… yo metí dentro 58 besos, uno detrás de otro, todos seguidos y todos para ti… no fui capaz de poner más.”

El padre, con la mirada nublada por sus lágrimas, alzó a su hija y le suplicó que perdonara su ceguera y su ignorancia. El hombre guardó para siempre la caja debajo de su cama, y, cuando se sentía derrumbado, abría la caja… y tomaba de ella un beso de su hija. Esto le ayudaba a recuperar la conciencia de lo que era importante… y de lo que eran tonterías…

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